Hay una idea muy extendida y muy cruel: que los muertos esperan. Que alguien que murió hace diez mil años lleva diez mil años debajo de la tierra, y que quien muere mañana cruzará casi de inmediato. Como si la justicia de Dios dependiera de la fecha en que te tocó nacer.
No creemos eso. Creemos que la conciencia, al desprenderse del cuerpo, no entra en una fila cronológica: entra donde el principio y el final se tocan. Lo que para nosotros es una secuencia de siglos, allí es un solo instante.
Por eso Jesús, clavado en la cruz, no le promete al ladrón una sala de espera. Le dice hoy. No dentro de dos mil años: hoy. Y lo dice desde un lugar que nuestros relojes no registran.
Tu abuela no está esperando. Tu padre no está esperando. Nadie te está esperando bajo tierra mientras tú cargas la culpa de seguir vivo. Ellos ya llegaron. Los que todavía caminamos somos nosotros — y por eso todavía tenemos trabajo por hacer.
Lucas 23:43
Lo que no sabemos
No sabemos qué se siente. No sabemos si hay memoria, reconocimiento o rostro. La Escritura elige el silencio en muchos de estos puntos, y nosotros preferimos ese silencio antes que inventar detalles para consolarte más rápido.


