En Hechos hay una escena que debería haber ordenado esta discusión hace mucho. Un funcionario etíope, extranjero y eunuco, vuelve de Jerusalén leyendo a Isaías. Por su condición estaba excluido del Templo: la ley era explícita. Felipe se le acerca, y lo que hace a continuación funda nuestra postura.
No le pidió explicaciones sobre su cuerpo. No le exigió un modelo de familia. No lo midió con una norma. Le compartió la luz, y el otro la recibió con alegría.
Lo que rechazamos es lo mismo que rechazó Jesús: la hipocresía, la mentira, el uso de una persona como objeto, el adulto que abusa de un niño, el poderoso que compra cuerpos de gente que no tiene opción. Nada de eso es una cuestión de orientación. Es una cuestión de ética.
Nos importa el fruto, no la forma del árbol. La fidelidad, la ternura, el respeto, las ganas de construir algo con otro. Si eso está, el resto no nos corresponde juzgarlo.
Hechos 8:26-39
Lo que no sabemos
Muchas cosas sobre el cuerpo, la identidad y el deseo que la biología recién está empezando a describir. Preferimos no juzgar lo que todavía no comprendemos.


